Una tragedia demasiado grande para reducirla a un problema de fronteras
Lo ocurrido en Ceuta no puede contemplarse únicamente como una nueva crisis migratoria. Tampoco puede despacharse con las explicaciones habituales sobre el efecto llamada, las mafias, la falta de vigilancia fronteriza o la desesperación de miles de jóvenes.
La dimensión de los acontecimientos obliga a formular preguntas más incómodas.
Durante los últimos días de julio de 2026, decenas de miles de personas se desplazaron hacia la frontera de Ceuta y trataron de entrar en territorio español por tierra y por mar. Las cifras fueron variando a medida que avanzaba la crisis, pero las autoridades y los medios internacionales hablaron de decenas de miles de cruces y de más de sesenta personas fallecidas, muchas de ellas ahogadas o aplastadas durante la avalancha.
La primera obligación es detenerse ante esas muertes.
No eran una masa. No eran una invasión. No eran una estadística destinada a reforzar el discurso de un partido político.
Eran personas.
En su mayoría, jóvenes que vivían atrapados entre la pobreza, la falta de oportunidades y la esperanza —quizá falsa, quizá manipulada— de encontrar al otro lado de la frontera una posibilidad de futuro. Muchos se lanzaron al agua sin medios adecuados. Otros quedaron atrapados entre miles de personas. Algunos nunca llegaron a tocar suelo español.
Pero junto a la dimensión humana existe otra que no puede ignorarse: la política.
Porque decenas de miles de personas no aparecen simultáneamente en una frontera por generación espontánea.
La sincronización no demuestra una conspiración, pero exige una explicación
Cuando un movimiento humano alcanza semejante magnitud en tan pocas horas, resulta razonable preguntarse cómo se produjo la convocatoria, qué mensajes circularon, quién los difundió, qué expectativas se generaron y por qué los dispositivos de control marroquíes no consiguieron impedir la concentración desde sus primeras fases.
Las autoridades españolas han señalado a las redes de tráfico de personas, a la difusión de mensajes en redes sociales y a una interpretación interesada de una resolución judicial española que impedía determinadas devoluciones inmediatas. Las informaciones disponibles también describen una reacción inicialmente limitada de los agentes marroquíes, aunque posteriormente Marruecos sí intervino para frenar nuevos intentos de entrada.
Estos factores pueden explicar una parte de lo ocurrido.
Las redes sociales permiten convocar a miles de personas en cuestión de horas. Las mafias conocen perfectamente cómo convertir una noticia, una resolución judicial o una campaña de regularización en la promesa distorsionada de una entrada fácil en Europa. La pobreza y la frustración juvenil proporcionan el combustible humano.
Pero el combustible no explica por sí solo quién encendió la cerilla.
Una movilización de esta escala necesita información compartida, concentración territorial, rutas de aproximación, sincronización y, al menos durante un tiempo, una frontera lo suficientemente permeable como para que la expectativa de éxito se extienda.
Eso no demuestra que detrás exista una operación dirigida por servicios secretos extranjeros. En este momento, no hay pruebas públicas que permitan afirmar que la CIA, el Mossad o cualquier otra agencia hayan organizado los acontecimientos. Las verificaciones realizadas hasta ahora califican esas acusaciones como no acreditadas.
Pero negar una acusación sin pruebas no significa renunciar a investigar la posible utilización geopolítica de la migración.
Entre la casualidad absoluta y una conspiración internacional existe un amplio territorio: el de la tolerancia calculada, la presión diplomática, la propaganda, la amplificación interesada y la instrumentalización de movimientos humanos que ya existen.
Ese es el territorio que España y la Unión Europea deberían investigar.
Marruecos y la frontera como instrumento de presión
La frontera de Ceuta no es una frontera cualquiera.
Marruecos reclama históricamente la soberanía de Ceuta y Melilla, mientras que España considera ambas ciudades parte inseparable de su territorio nacional. Al mismo tiempo, Rabat actúa como guardián de una de las principales puertas de entrada terrestre a la Unión Europea desde África.
Esa posición proporciona a Marruecos una poderosa herramienta diplomática.
Cuando la cooperación funciona, sus fuerzas de seguridad contienen los movimientos migratorios antes de que alcancen la frontera. Cuando esa vigilancia se relaja, incluso temporalmente, la presión sobre España se multiplica.
Ya ocurrió de manera especialmente visible en mayo de 2021, cuando miles de personas entraron en Ceuta en plena crisis diplomática entre Madrid y Rabat. Aquella experiencia demostró que la migración puede ser utilizada no solo como consecuencia de la pobreza, sino también como mecanismo de presión entre Estados.
La pregunta relevante, por tanto, no es únicamente si Marruecos organizó lo ocurrido.
La pregunta es si hizo todo lo necesario para impedirlo desde el principio y, si no lo hizo, por qué.
La pasividad también puede ser una decisión política.
Y una frontera puede abrirse sin que nadie dé públicamente la orden de abrirla.
El contexto internacional no puede ignorarse
El episodio se produce, además, dentro de un escenario internacional especialmente delicado.
Estados Unidos y Marruecos han reforzado durante las últimas semanas su cooperación militar y tecnológica. Entre los acuerdos difundidos se encuentra la creación en territorio marroquí de instalaciones y programas de entrenamiento relacionados con drones, nuevas tecnologías y seguridad regional en África.
Marruecos es uno de los principales aliados de Estados Unidos en el norte de África. También fue uno de los países árabes que restableció relaciones diplomáticas con Israel dentro de los llamados Acuerdos de Abraham, después de que la primera Administración de Donald Trump reconociera la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
España, por su parte, mantiene importantes discrepancias con la política internacional de Trump y con el Gobierno de Benjamin Netanyahu, especialmente en cuestiones relacionadas con Gaza, el reconocimiento de Palestina, el gasto militar y el enfoque sobre la inmigración.
Tras la crisis de Ceuta, desde Estados Unidos se volvió a responsabilizar a la política migratoria española de favorecer las llegadas. Sin embargo, una de las afirmaciones más repetidas —que la regularización española permitía beneficiarse inmediatamente a quienes acababan de entrar— no se correspondía con las condiciones reales, ya que la medida se dirigía a personas que ya se encontraban en España antes de una fecha determinada.
Todo ello forma un contexto que merece atención.
Pero un contexto no es una prueba.
Que Estados Unidos estreche su alianza con Marruecos, que Trump critique a España y que Marruecos mantenga una relación estratégica con Israel no demuestra que estos países hayan organizado la entrada masiva en Ceuta.
Presentarlo como un hecho sería intelectualmente irresponsable.
Lo que sí demuestra es que Marruecos dispone de aliados poderosos, que España atraviesa una etapa de fricción con varios de ellos y que cualquier desestabilización de la frontera española tiene efectos inmediatos sobre la política interior, la imagen internacional y la posición de España dentro de Europa.
Por eso debe investigarse si la crisis fue simplemente tolerada, amplificada o aprovechada por alguno de esos actores.
El aislamiento de España como consecuencia política
La crisis no terminó en Ceuta.
La magnitud de la entrada provocó alarma en varios países europeos y reabrió el debate sobre la capacidad de España para controlar una frontera exterior de la Unión. Algunos gobiernos reclamaron mayores controles y coordinación, mientras que la Unión Europea convocó consultas extraordinarias sobre la situación.
Este efecto era previsible.
Una avalancha en Ceuta no solo presiona al Gobierno español. También introduce miedo en Francia, Italia, Alemania o los países del norte de Europa ante la posibilidad de que miles de personas puedan desplazarse posteriormente por el espacio Schengen.
Aunque Ceuta posee un régimen fronterizo particular y la mayoría de quienes entraron regresaron a Marruecos sin alcanzar la península, la imagen difundida fue otra: la de una frontera europea desbordada.
Políticamente, ese relato debilita a España.
La obliga a defenderse ante sus socios europeos. Refuerza a los gobiernos que reclaman una política migratoria más dura. Alimenta el discurso de quienes presentan a España como el eslabón débil de Europa y permite vincular la crisis a las discrepancias que el Gobierno español mantiene con Washington, Israel y determinados gobiernos europeos.
Por tanto, aunque no existiera una coordinación internacional previa, la crisis sí produjo un resultado geopolíticamente útil para quienes desean desacreditar la política exterior y migratoria española.
La derecha y la explotación inmediata del miedo
En España, la reacción política fue casi automática.
Antes de que se recuperaran todos los cadáveres, ya se había iniciado la batalla por controlar el relato.
Unos hablaban de invasión. Otros exigían militarizar permanentemente la frontera. Algunos utilizaban las imágenes para acusar al Gobierno de haber entregado el país. Las víctimas dejaron de ser personas para convertirse en argumentos.
Feijóo, Abascal y otros dirigentes de la oposición tenían el derecho y la obligación de exigir explicaciones al Gobierno. Una entrada de semejante magnitud revela fallos graves de anticipación, inteligencia, coordinación y seguridad.
Pero existe una diferencia entre fiscalizar al Gobierno y explotar políticamente una tragedia.
Cuando se utiliza el miedo para identificar inmigración con delincuencia, invasión o desaparición nacional, ya no se está buscando una solución. Se está construyendo un enemigo.
El procedimiento es conocido.
Primero se presenta a miles de personas desesperadas como una amenaza homogénea.
Después se acusa a cualquier defensa de los derechos humanos de complicidad con el desorden.
Finalmente, se ofrece autoridad, expulsión y castigo como únicas respuestas posibles.
El miedo se convierte en votos.
Pero la izquierda también debe asumir sus propias contradicciones.
No basta con invocar la solidaridad. Gobernar implica controlar las fronteras, anticipar movimientos masivos, perseguir las mafias, mantener relaciones firmes con Marruecos y proteger tanto a quienes intentan entrar como a los ciudadanos que viven en Ceuta.
La defensa de la humanidad no puede consistir en aceptar el caos.
Una política migratoria sin control termina alimentando precisamente a quienes desean deshumanizar a los migrantes.
Los habitantes de Ceuta también son seres humanos
En determinadas posiciones progresistas existe el riesgo de mirar únicamente a quienes llegan y olvidar a quienes ya viven allí.
Ceuta es una ciudad de alrededor de ochenta mil habitantes. Durante la crisis, sus servicios públicos, sanitarios y de seguridad quedaron sometidos a una presión extraordinaria. El sistema de acogida fue desbordado y el personal sanitario tuvo que prestar más de un millar de asistencias en pocos días.
La población ceutí tenía motivos reales para sentir miedo.
Reconocerlo no significa asumir el discurso xenófobo.
Una sociedad democrática debe proteger simultáneamente a las personas que intentan cruzar, a los agentes que intervienen y a los ciudadanos que ven alterada radicalmente su vida.
La humanidad no puede aplicarse solo a una parte.
Los migrantes no son enemigos, pero los vecinos de Ceuta tampoco deben ser abandonados a las consecuencias de decisiones políticas tomadas a cientos o miles de kilómetros de distancia.
¿Quién se beneficia?
Esta es la pregunta que siempre debe formularse ante una crisis de estas características.
Se benefician las mafias que cobran por difundir falsas expectativas.
Se benefician quienes desean presionar diplomáticamente a España.
Se benefician los gobiernos que pretenden demostrar que la inmigración solo puede resolverse mediante políticas autoritarias.
Se benefician los partidos que convierten cada cadáver en un argumento electoral.
Se benefician las redes sociales, que multiplican el miedo, el odio y la desinformación.
Se benefician quienes desean enfrentar a los pobres de un lado de la frontera con los trabajadores del otro.
Y, mientras tanto, pierden los de siempre.
Pierden los jóvenes que mueren en el agua.
Pierden sus familias.
Pierden los habitantes de Ceuta.
Pierden los agentes que reciben órdenes contradictorias y deben actuar en medio del caos.
Pierde España, obligada a reaccionar cuando ya es demasiado tarde.
Y pierde Europa, incapaz de construir una política migratoria común que no oscile entre la indiferencia y el miedo.
Las fronteras existen, aunque no deban deshumanizarnos
Podemos desear un mundo sin fronteras.
Podemos considerar que las naciones son construcciones políticas e históricas utilizadas muchas veces para enfrentar a los seres humanos.
Pero las fronteras existen.
Y mientras existan Estados, sistemas jurídicos, servicios públicos, derechos de ciudadanía y recursos limitados, esas fronteras necesitarán normas y control.
Negarlo no es humanismo. Es evasión.
El verdadero desafío consiste en impedir que las fronteras se conviertan en lugares donde la dignidad humana deja de tener valor.
España tiene derecho a controlar quién entra en su territorio.
Marruecos tiene la obligación de impedir que miles de personas sean utilizadas como instrumento de presión.
La Unión Europea tiene la responsabilidad de asumir que Ceuta no es únicamente un problema español.
Y todos ellos tienen el deber de crear vías legales, acuerdos de movilidad, políticas de cooperación y oportunidades económicas que reduzcan la necesidad de jugarse la vida en el mar.
El control fronterizo y los derechos humanos no son incompatibles.
Lo incompatible es exigir orden sin ofrecer futuro, o reclamar humanidad sin asumir ninguna responsabilidad sobre las consecuencias.
Lo que España debe exigir
España no debería responder únicamente levantando barreras más altas.
Debe exigir una investigación completa sobre el origen y propagación de las convocatorias: qué cuentas difundieron los mensajes, qué organizaciones los amplificaron, qué rutas siguieron los participantes y qué información recibieron sobre las posibilidades de permanencia en territorio español.
También debe esclarecer qué conocían previamente los servicios de inteligencia españoles, por qué no se anticipó una concentración de semejante volumen y cuál fue exactamente el comportamiento de las autoridades marroquíes durante las horas anteriores a la entrada.
No se trata de acusar sin pruebas.
Se trata de no aceptar explicaciones insuficientes.
Debe revisarse, además, la dependencia española y europea respecto a Marruecos para el control de la migración. Delegar la seguridad fronteriza en un país que puede utilizarla como herramienta diplomática coloca a España en una posición de vulnerabilidad permanente.
Finalmente, debe abrirse un debate europeo serio.
No sobre cómo repartir el miedo, sino sobre cómo gestionar ordenadamente la migración, combatir las mafias, favorecer vías legales de acceso y actuar sobre las causas económicas y políticas que obligan a miles de jóvenes a abandonar sus países.
Una tragedia humana dentro de una partida geopolítica
Lo ocurrido en Ceuta puede haber sido alentado por redes criminales, amplificado por las redes sociales, permitido parcialmente por Marruecos y aprovechado políticamente por gobiernos, partidos y movimientos ideológicos.
Probablemente no exista una única causa.
Pero tampoco resulta creíble reducirlo todo a una multitud que, casualmente y al mismo tiempo, decidió lanzarse al mar.
La magnitud, la sincronización y las consecuencias internacionales justifican una investigación profunda.
Lo que no justifican es sustituir esa investigación por una acusación sin pruebas contra la CIA, el Mossad o cualquier otro servicio de inteligencia.
La verdad no necesita exageraciones.
Hay motivos suficientes para ser críticos sin inventar certezas.
Y existe una certeza que nadie puede discutir: decenas de jóvenes murieron mientras otros utilizaban su muerte para defender fronteras, atacar gobiernos, reforzar alianzas o ganar votos.
Los poderosos seguirán negociando entre ellos.
Estados Unidos seguirá negociando con Marruecos. Marruecos seguirá negociando con España. España seguirá negociando con Europa. Los gobiernos que públicamente se enfrentan continuarán encontrando espacios para hacer negocios cuando sus intereses coincidan.
Quienes no participan en esas negociaciones son los jóvenes que se lanzan al agua.
Para ellos no existen acuerdos diplomáticos, alianzas militares ni grandes estrategias.
Solo existe una orilla que abandonan y otra que esperan alcanzar.
Ceuta nos obliga a mirar las dos realidades al mismo tiempo.
La geopolítica que utiliza seres humanos.
Y los seres humanos que mueren sin llegar a comprender la geopolítica de la que forman parte.
No debemos aceptar que sus muertes sean una cifra más.
Pero tampoco debemos aceptar que la emoción nos impida preguntar quién los convocó, quién los engañó, quién permitió que avanzaran y quién terminó beneficiándose de su desesperación.
Porque cuando miles de personas vulnerables se mueven como piezas sobre un tablero, la obligación del periodismo y de la sociedad no es elegir entre humanidad y verdad.
Es defender ambas.
Rafael Henares González
Revista Evol