EDITORIAL.

Por Rafael Henares
Torre Pacheco, Alcalá de Henares, y las que vendrán. Cada vez que los grupos ultras salen a la calle para “hacer justicia” por su cuenta, se tambalean los pilares de la democracia. Y mientras tanto, la derecha parlamentaria —que debería ser garante del orden constitucional— observa en silencio, sin condenas claras, como si esperara rédito del caos.
El peligro ya no es invisible. Lo vemos, lo oímos y lo sufrimos.
¿Quién les autoriza?
La escena se repite: convocatorias por redes, arengas incendiarias, discursos de odio amplificados por líderes ultras, grupos organizados que señalan, acusan y juzgan. ¿Con qué legitimidad?
En un Estado de derecho, la justicia no se ejerce desde la calle, ni con megáfonos ni con piedras. Para eso están los tribunales y las fuerzas de seguridad.
Y sin embargo, partidos con representación parlamentaria lanzan cruzadas directas contra la migración, alimentando una espiral que recuerda peligrosamente a épocas negras de nuestra historia europea.
De la manipulación al enfrentamiento
Estas campañas no son espontáneas. Son orquestadas. Son discursos envenenados que repiten una misma idea: culpar al extranjero de todo mal. Lo que antes era un susurro en foros marginales, hoy se grita en plazas y programas de televisión. ¿Resultado? Polarización, miedo, odio.
Se justifica la inaceptable actitud de estos grupos escudándose en la delincuencia, como si fuera una característica exclusiva de una raza o un país, cuando la criminalidad no tiene pasaporte, sino causas sociales, económicas y personales que deben ser tratadas con cabeza, no con rabia.
La realidad desmiente su relato
Los datos no avalan el alarmismo:
- Casi 3 millones de trabajadores extranjeros cotizan hoy a la Seguridad Social.
- Más de 800.000 se han nacionalizado en los últimos años.
- No existen estadísticas que indiquen un conflicto ciudadano generalizado entre migrantes y locales.
- Y lo más evidente: España es un destino predilecto para el turismo mundial, algo incompatible con la imagen de inseguridad que ciertos sectores intentan sembrar.
Entonces, ¿por qué se alienta el enfrentamiento? ¿Con qué fin se distorsiona la realidad?
¿Y si ya lo hemos vivido?
Lo más inquietante es que esto no es nuevo. Ya lo vimos en la Alemania de los años 30:
- Grupos paramilitares culpando al extranjero y al diferente.
- Campañas de propaganda basadas en bulos y odio.
- Slogans incendiarios que exigían “mano dura”.
- Pérdida progresiva de libertades en nombre del orden.
- Deshumanización del otro.
- Silencios cómplices de parte del espectro político.
Lo que hizo el partido nazi en sus inicios fue precisamente esto: crear una tensión artificial, buscar enemigos fáciles y presentarse como salvadores frente a un “peligro” que ellos mismos habían inventado.
¿Te suena?
O con ellos o contra ellos
La estrategia ultra es simple pero peligrosa: o estás conmigo o eres mi enemigo. Y lo que empieza como ataques a migrantes, puede terminar señalando a cualquiera que piense diferente.
Hoy van contra los extranjeros.
Mañana contra periodistas, activistas, profesores, jueces, sindicatos, vecinos, tú.
La historia lo ha demostrado: el extremismo nunca se detiene por sí solo. Solo se detiene cuando una mayoría valiente y consciente lo frena en seco.
No confundamos crítica con barbarie
Se puede y se debe ser crítico. Se puede pedir más justicia, más control, más seguridad, más diálogo. Pero no se puede cruzar al lado oscuro: de la queja al linchamiento, del debate al insulto, de la protesta al caos.
En una sociedad libre, reivindicar es legítimo.
Ser beligerante, insultante, autoritario y manipulador, no.
Lo que toca ahora
Nos toca defender la democracia, no con banderas, sino con principios. Rechazar el odio aunque venga disfrazado de patriotismo. Levantar la voz cuando otros la quieren usar para sembrar miedo. Denunciar las mentiras aunque vengan vestidas de “verdades incómodas”.
Porque cuando la violencia reemplaza a la palabra,
cuando el odio reemplaza al pensamiento,
cuando el fanatismo reemplaza al diálogo…
Ya no estamos hablando de política. Estamos hablando de peligro.