Por Rafael Henares
La extrema derecha en España ha adoptado un estilo agresivo y maleducado que ya no sorprende, pero sí cansa. Ese juego de palabras que transformó a Pedro Sánchez en «Perro Sánchez» no es casual, es la bandera de un movimiento que insulta por sistema, porque no sabe perder y tampoco sabe respetar.
Cuando cuestionas los resultados de unas elecciones generales que no perdiste en votos pero sí en apoyos parlamentarios, cuando no aceptas las reglas del juego democrático porque no te conviene el desenlace, lo que estás mostrando no es oposición: es una pataleta infantil elevada a categoría política.

Y claro, no soportan la realidad. La desfiguran. La reinventan. Desde hace meses, organismos internacionales, gobiernos, entidades económicas, ONGs y fundaciones vienen señalando a España como la economía más dinámica de Europa, la envidia de muchos países. Pero a la derecha española esto le sienta mal. Le irrita que España brille sin ellos. Y así inventaron su mantra: España va mal. Una campaña cutre, cargada de mala leche y nula objetividad.
Lo mismo pasó con la amnistía. Una ley para cerrar heridas y avanzar hacia la convivencia. Europa la vio con buenos ojos y la respetó como un asunto interno. Nadie en Bruselas se echó las manos a la cabeza. El Constitucional la ha validado. Pero aquí, la derecha se desgañita, incapaz de aceptar que la democracia también es eso: negociar, pactar, sanar.
Hoy, esa derecha sin rumbo, que navega entre la ultraderecha y la derecha rancia, sin saber dónde empieza una y termina la otra, ha encontrado otra artillería: la corrupción. La buscan donde no hay, provocan, persiguen. Y ahora que han encontrado algo, lo exprimen al máximo, pero la pregunta es:
¿Será suficiente para doblegar al Gobierno?
Yo creo que no. Porque el Gobierno sabe que quienes hoy gritan contra la corrupción tienen la suya propia a punto de estallar. Y no lo digo yo, lo dicen los juzgados.
La corrupción es un mal humano, desgraciadamente siempre presente. Y por eso hay que sancionarla con contundencia. Pero las personas corruptas son las que deben caer, no las ideas, ni las políticas, ni las instituciones. El bisturí extirpa el tumor, pero no mata al paciente. Y este Gobierno ha hecho muchas cosas bien, tantas que fuera de España nos admiran mientras dentro algunos solo saben repetir sin pensar: España va mal. Eso sí, dándose golpes en el pecho como si fueran los únicos patriotas.
Cuando ves a personajes como Trump, Felipe González, Aznar, Feijóo, Irene Montero, Abascal, Ayuso, Netanyahu o Pablo Iglesias unidos en su obsesión por tumbar a Pedro Sánchez, ves claro que son reliquias de un pasado al que ya no queremos volver. Carcas, todos.
Y en ese momento, te entran unas ganas enormes de alistarte en el Ejército del Perro.