Rafael Henares

En este agosto que se ha convertido en un ring encendido, Vox ha prendido fuego a la relación con la jerarquía católica. El epicentro: Jumilla. Una moción urbanística disfrazada de cultura deportiva —que vetaba eventos religiosos musulmanes en instalaciones públicas— detonó tensiones profundas en el seno eclesiástico.

La Conferencia Episcopal Española (CEE) no se quedó callada. Apoyó los derechos religiosos de la comunidad musulmana, aludiendo al principio constitucional de libertad de culto. Y ahí, amigos, explotó el choque: Santiago Abascal salió al ruedo, acusando a los obispos de estar “silenciados” por los ingresos públicos que recibe la Iglesia… y evocando, sin filtros, los casos de pederastia como posible motivo del mutismo episcopal.

Pero Vox no se quedó ahí. También puso en su mira a Cáritas —la ONG católica que atiende a casi 1,2 millones de personas (casi 550.000 inmigrantes sin papeles) en 2024— insinuando que, detrás de su mensaje de acogida, hay intereses económicos. Aunque, ojo, Cáritas responde que el 70 % de sus fondos son privados y apenas un 2,2 % provienen del Estado central.

Lo que debería ser diálogo terminó en polarización. El debate público se ha reconfigurado desde una capilla a un terreno político de batalla: migración, ideología, la independencia de la Iglesia, y el role-out de Vox como desafiantes de la agenda tradicional católica.

Y aquí está la jugada clave: la apropiación de símbolos y conceptos comunes. Igual que Vox se ha apropiado del término patria y de la bandera, ahora pretende hacer lo mismo con el concepto de cristiano, según su propio filtro ideológico. En su marco, si eres patrio, si sientes la bandera y si eres cristiano, debes pensar como ellos. Lo demás no cabe. Es la clásica lógica autoritaria: o conmigo, o contra mí.

Por eso ya no basta con denunciarlos como “fachas”, “ultras” o “fascistas”. Esas etiquetas se han desgastado y alimentan la misma polarización que dicen combatir. Lo que toca ahora es llamar a las cosas por su nombre: antidemócratas. No es un insulto, es un calificativo que se ajusta como un guante a Vox y a cualquiera que erosione cada día los cimientos de la democracia. Porque la pluralidad política ha costado décadas de lucha y sangre, y no podemos permitir que se volatilice bajo el disfraz de patriotismo exclusivo o cristianismo recortado. En resumen: Vox no está defendiendo ni la patria ni la fe. Está utilizando estos símbolos para dividir, para excluir y para imponer. Y en tiempos donde la polarización amenaza con tirarnos hacia atrás, la sociedad necesita un mensaje claro y simple: defender la democracia es decir alto y claro que los que se apropian de lo común para enfrentar a la gente, son eso: antidemócratas.