Rafael Henares

Esta semana, en múltiples ciudades del mundo, han surgido iniciativas reivindicativas en apoyo al pueblo de Gaza. La sociedad empieza a despertar, y las instituciones se ven forzadas a tomar posición ante una corriente de protesta que crece como un efecto mariposa: pequeñas acciones que, sumadas, acaban influyendo en el conjunto.

Un comentario me ha marcado especialmente. Lo hizo una persona que, siendo niño, estuvo en un campo de concentración nazi. Contó cómo, sin recibir alimento, a cambio de un poco de comida les obligaban a subir a un tren que les llevaría directamente a las cámaras de gas. Un engaño mortal.

Esa historia me hizo pensar en la estrategia que hoy se aplica en Gaza. No es nueva: bloquear, cercar, impedir la entrada de alimentos para provocar hambre, desesperación y finalmente la muerte… o forzar a que salgan para ser abatidos por las armas. Gaza se ha convertido en un campo de concentración y exterminio a cielo abierto.

Lo más doloroso es que esta política la ejecuta un gobierno criminal que representa a un pueblo que, en su momento, sufrió algo semejante. No culpo al conjunto de los israelitas; estoy convencido de que muchos de ellos rechazan esta barbarie. El problema es una ideología concreta: el ultra-nacionalismo que hoy gobierna Israel, actuando sin respetar la historia, los derechos humanos, ni las recomendaciones internacionales, y señalando como enemigo a todo aquel que no respalde sus crímenes.

Con un poder mediático aplastante, apenas se denuncian estos hechos. Las noticias sobre acciones solidarias en favor de Gaza son mínimas, mientras el asesinato indiscriminado de civiles –la mayoría niños y mujeres– queda oculto. El bloqueo y la estrategia de matar de hambre deberían recibir la misma condena que otras atrocidades históricas. En Bosnia, acciones similares llevaron a juicios por crímenes de guerra. Aquí la situación es aún peor… y reina el silencio.

Mientras tanto, el presidente de Estados Unidos –país que suministra el 80% del armamento a Israel– pretende que le concedan el Premio Nobel de la Paz. Firmar una paz después de exterminar a miles no es un acto de nobleza, sino un insulto a la dignidad humana. Y como siempre, los ultras del mundo entero callan ante Gaza, mientras practican persecuciones migratorias que reflejan el ejemplo de intolerancia y violencia de sus líderes.Si no detenemos lo que está ocurriendo en Gaza, esa llama se propagará. No podemos permitir que los violentos eliminen a quienes ellos señalen.
Es hora de acallar los tambores de guerra y alzar la voz por la vida.