Por Rafael Henares

En los últimos tiempos, hemos sido testigos de una campaña ruidosa, constante y bien orquestada que repite sin cesar un mismo mensaje: España va mal. Y no es una crítica puntual ni un análisis riguroso. Es un mantra. Un eslogan martilleante promovido por quienes, curiosamente, jamás proponen soluciones, sino solo destrucción.

Lo que sorprende no es la crítica —bienvenida sea siempre que sea constructiva—, sino el tono, la intención y la estrategia. Porque esta campaña no busca mejorar nada. Busca desgastar, dividir, crispar. ¿Y quién está al frente? Prácticamente toda la derecha mediática y política, con discursos calcados, insultos como principal argumento, y una actitud frontalmente contraria al diálogo o al respeto institucional.

¿De verdad va tan mal España?
Sin duda, hay muchas cosas mejorables. Pero también hay datos, avances, estabilidad económica relativa, reconocimiento internacional y una sociedad civil viva. España no es un desastre, pero hay quien necesita venderla así para justificar su propio proyecto político. Un proyecto que no se basa en construir, sino en dinamitar.

¿Dónde queda el Parlamento, si lo que impera es el acoso mediático? ¿Dónde queda el Estado de Derecho, si se instrumentaliza el poder judicial como herramienta de propaganda? Lo que vemos no es una oposición, es una campaña constante de difamación sin escrúpulos, de manipulación emocional, de mentira camuflada de indignación patriótica.

Y mientras tanto, ¿nos preguntamos dónde estamos cada uno?
¿En la construcción o en la demolición?
¿Defendiendo el sistema o participando del ruido?
¿Buscando puntos de encuentro o alimentando trincheras?

Cuidado. Porque lo que está en juego no es un gobierno. Es la democracia. Y algunos parecen decididos a erosionar desde dentro, camuflados de patriotas, agitando banderas mientras pisotean los principios democráticos. Atacando derechos sociales, promoviendo la intolerancia, dividiendo a la sociedad. Y todo ello, en nombre de una patria que dicen amar, pero que usan como herramienta para sembrar odio.

España no va mal. Va mejor de lo que algunos quieren reconocer.
Y lo mejor que podemos hacer como ciudadanos es dejar de ser espectadores pasivos de este circo. Ser críticos, sí. Pero también responsables. Ser exigentes, pero no manipulables.

Porque amar a tu país no es gritarlo más fuerte. Es cuidarlo, respetarlo, y trabajar por mejorarlo con hechos, no con insultos.

Y la gran pregunta que debemos hacernos hoy es simple y contundente:
¿De verdad crees que quienes gritan “España va mal”… la van a mejorar?

La historia ya nos dio la respuesta.