¿Va bien la economía si no van bien quienes la sostienen?

Rafael Henares

Cada cierto tiempo aparece un nuevo titular anunciando que “algo empieza a fallar” en la economía y que se ven “señales de la peor crisis del siglo”. Los datos macro agregados permiten casi cualquier relato: con los mismos números se puede construir un discurso triunfalista o un escenario apocalíptico.

La cuestión de fondo no es solo qué dicen las estadísticas, sino qué vidas describen. Porque una economía que “va bien” mientras la mayoría siente que vive peor que hace diez o quince años, es una economía que está generando distorsiones profundas, aunque el PIB suba unas décimas más o menos.

Pensiones, salarios, vivienda: el núcleo del conflicto

Si de verdad queremos un debate serio, hay tres ejes que no se pueden esquivar:

  1. Pensiones
    La defensa del sistema público de pensiones no es un capricho ideológico, es una cuestión de estabilidad social. Una sociedad envejecida que condena a sus mayores a la precariedad está sembrando frustración y conflicto futuro. El debate no debería ser “recortar o no recortar”, sino cómo reforzar y adaptar el sistema a la nueva realidad demográfica y productiva.
  2. Salarios
    Aquí tenemos una grieta estructural. Se repite que la economía va bien, pero los salarios reales llevan años corriendo detrás del coste de la vida sin alcanzarlo.
    • Si el trabajo es lo que sostiene el conjunto,
    • pero el trabajo está mal pagado y sobrecargado de impuestos,
      el mensaje implícito es claro: se socializan las cargas, se privatizan los beneficios.
  3. Vivienda
    El acceso a la vivienda se ha convertido en un muro para generaciones enteras. La especulación, la financiarización y la falta de una política de vivienda robusta hacen que el techo se convierta en un lujo o en una condena a cadena perpetua hipotecaria o de alquiler. No es solo un problema económico: es un problema de proyecto vital, de natalidad, de arraigo y de salud mental.

Mientras estos tres frentes sigan tensionados, hablar de “economía fuerte” sin matices es, como mínimo, incompleto.

Impuestos: desequilibrio entre capital y trabajo

Otro punto delicado es el diseño del sistema fiscal. La sensación, bastante fundamentada, es que:

  • El trabajo soporta una carga excesiva,
  • mientras que determinadas formas de capital, rentas y estructuras societarias encuentran vías de optimización o escape.

Si el trabajador medio percibe que paga demasiado y recibe poco a cambio, mientras ve que otras capas del sistema juegan con reglas distintas, se erosiona la legitimidad fiscal y, con ella, la legitimidad del propio Estado social.

No se trata de subir o bajar impuestos “en abstracto”, sino de ordenarlos para que sean más equilibrados y coherentes con el discurso de justicia y solidaridad que se proclama.

La deuda: la espada de Damocles que hemos normalizado

Durante años vivimos un periodo en el que los bancos “soltaban dinero” con una alegría que hoy se revela profundamente imprudente. Se financiaba casi todo, a casi todos, con criterios muy laxos.

El resultado es conocido:

  • Estados, empresas y familias hemos acabado sobreendeudados.
  • Ahora, cuando llega el tiempo de ajustar, descubrimos que casi todo el mundo es deudor de un modelo que se presentó como progreso y libertad de consumo, pero que tenía un coste oculto a largo plazo.

Esa deuda actúa como espada de Damocles: condiciona decisiones políticas, frena reformas de fondo y convierte cualquier intento serio de reordenar el sistema en un riesgo de desgaste brutal para quien lo impulse. Por eso las medidas suelen ser tibias, lentas y parciales: se parchea sin tocar la arquitectura.

España, Europa y el cambio de ciclo

España, tomada de forma aislada, no está al borde del abismo. El problema es que Europa en su conjunto da síntomas de agotamiento de modelo:

  • Dependencia energética y militar,
  • brecha tecnológica,
  • envejecimiento demográfico,
  • fragmentación política.

Si hubiera un colapso serio, no sería una caída “solo de España”, sino un efecto dominó. Precisamente por eso, el margen de maniobra real es europeo, no solo nacional.

En algún momento habrá que asumir una frase incómoda: si Europa no reduce su tutelaje económico y estratégico de Estados Unidos, su capacidad de decidir su propio destino será muy limitada. No se trata de crear un enemigo donde no lo hay, sino de entender que depender de otro bloque para energía, defensa, tecnología y moneda es una vulnerabilidad existencial.

Votar ya no es solo elegir un modelo económico

En este contexto, reducir el voto a “impuestos sí / impuestos no” o “más Estado / menos Estado” es quedarse en la superficie.

Hoy, cuando una sociedad vota, no sólo está eligiendo un esquema económico, también está respondiendo a una cuestión de fondo:

¿Queremos sistema político que derive hacia la confrontación permanente y la lógica de guerra —externa o interna—,
o queremos preservar espacios de pluralidad y convivencia, aunque sean imperfectos?

Cuando un líder, en cualquier país, utiliza al adversario político como enemigo interno, alimenta la retórica del miedo, asocia sistemáticamente inmigración con delincuencia y normaliza el uso de herramientas de poder (incluyendo aparatos de seguridad) contra sus oponentes, está empujando el sistema hacia la autocracia:

  • concentración de poder,
  • erosión de contrapesos,
  • y deterioro de libertades.

La historia ya ha mostrado varias veces cómo empieza ese proceso y cómo suele terminar: menos derechos, menos diversidad, más violencia, más censura.

Autocracia o pluralidad: no es un debate abstracto

La autocracia no llega de golpe; se va instalando por capas:

  • primero se justifica la excepción,
  • luego se tolera el abuso “porque es de los nuestros”,
  • después se demoniza al discrepante,
  • Al final, la disidencia se considera una amenaza, no parte legítima del sistema.

Frente a eso, la democracia —con todos sus defectos— sigue siendo el marco donde al menos cabe la pluralidad, el debate incómodo y la posibilidad de corregir rumbos sin violencia.

Por eso, el verdadero debate no es si la economía crece una décima más o menos, sino qué tipo de estructura política y económica queremos sostener:

  • una que concentra poder y beneficios en pocos, alimentando la desigualdad y la tensión,
  • o una que, con todas sus imperfecciones, reparte mejor costes y oportunidades, mantiene la discusión abierta y protege el derecho a disentir.

A modo de cierre: más debate, menos consignas

Los artículos alarmistas sobre la economía cumplen una función: sacuden conciencias. Pero si se quedan solo en el miedo, no ayudan a construir nada.

La alternativa no es el relato rosa de “todo va bien”, sino otra actitud:

  • defender pensiones dignas,
  • pelear por salarios que permitan vivir, no solo sobrevivir,
  • afrontar de verdad el problema de la vivienda,
  • reordenar impuestos con criterios de equidad,
  • y, al mismo tiempo, proteger la pluralidad política frente a tentaciones autocráticas, vengan de donde vengan.

La economía no es un cuadro de indicadores; es la vida de la gente. Y en esa vida, el verdadero lujo que no nos podemos permitir perder es la combinación de bienestar material suficiente y libertad plural para discutir cómo conseguirlo.

Ese, quizá, es el debate que merece la pena forzar.