Josep Mª Infantes Torrent

Hasta muy recientemente, toda la literatura en torno al conocimiento de
la grafología, de la psicología de la escritura, había teorizado respecto de
cuáles eran las razones por las que todos los niños aprendían antes a
hablar que a escribir, presuponiendo que la razón era que el aprendizaje
de la escritura es mucho más dificultoso que el aprendizaje del habla. Pues
bien, Jean-Pierre Changeux, neurobiólogo del Institut Pasteur, nos dice lo
siguiente: “Nuestro modelo de conciencia es compatible con el de Noam
Chomsky, quien considera que el lenguaje es una capacidad en parte
heredada. Digamos que tenemos una capacidad innata para hablar; una
especie de estructuras, de categorías gramaticales”. Así pues, se confirma
la antigua creencia de que es más difícil aprender a escribir que a hablar,
puesto que ahora sabemos que al nacer, nuestro cerebro ya tiene una
estructura, una red neural, responsable del habla, pero no de la escritura.
En otras palabras, si también heredáramos las redes neurales
responsables de la escritura, el aprendizaje sería tan fácil como el del
habla.
EL PRIMER GARABATO
Los primeros garabatos que hacen los niños tienen un sentido de
exploración, y no dejan de ser la expresión gráfica de una inteligencia en
desarrollo. Para ellos, garabatear en un papel es poder equivocarse,
experimentar, probar y jugar. Son garabatos discordantes, puesto que no
tienen aún la intención de representar una cosa definida, y su
psicomotricidad inmadura tampoco les permite hacer mucho más. Será
poco a poco, a través de su experimentación con los distintos lápices de
colores y rotuladores de todo tipo, y su proyección en distintos soportes,
junto con su paulatino crecimiento y enriquecimiento cognitivo, como el
niño irá adquiriendo más conciencia no sólo de lo que hace con los útiles
de que dispone, sino de todas las posibilidades de creación que estén a su
alcance. Y será así como, gradualmente, el niño hará evolucionar su
garabato inicial inconexo, sin sentido, irregular, incomprensible,
desproporcionado, hacia otro donde ya se observa un cambio cualitativo

en la calidad gráfica de la que ahora sí es capaz. Y suele ser entre los
cuatro y los siete años cuando los garabatos alcanzan una mejor calidad
gráfica, pudiéndose ya discernir las imágenes que el niño quiere
representar. Se empiezan a percibir los distintos matices que se van
incluyendo en el trazo.
Distintos psicólogos de la primera mitad del siglo XX manifestaron su
interés por los dibujos de los niños, desde una perspectiva semiótica, para
demostrar que se trata de un lenguaje proposicional más. Así pensaba
Vigotsky, autor del libro La imaginación y el arte en la infancia (1930),
quien decía que, tras el periodo de los palotes, garabatos y expresión
amorfa de elementos aislados, la etapa en que el niño empieza a dibujar
en el pleno sentido de la palabra prefigura la escritura futura.
Los niños aprenden primero a trazar las letras, un aprendizaje
imprescindible para más tarde poder construir palabras. Y con ese bagaje,
el niño escribirá por primera vez su propio nombre y sus dos apellidos.
Será para él un momento transcendental, no tanto por ver su propio
nombre escrito, puesto que puede haberlo visto antes escrito por otras
manos, como por haber sido capaz de escribirlo él mismo por primera vez.
Un hito que hasta entonces le resultaba impensable. Podemos afirmar que
la configuración gráfica de nuestro nombre y apellidos es el primer dibujo
con un sentido bien preciso que realiza el niño. Cuando lo escribimos por
primera vez (Marta, Pablo, María, José, Mónica, Luis, etc.) es todo un
acontecimiento para nosotros, porque vemos reflejado en un conjunto de
letras una información muy concreta que nos remite a nosotros mismos. Y
una vez que el niño ya ha sido capaz de construir su nombre letra a letra,
empieza la otra tarea, que es la de la personalización, la individuación
gráfica: conseguir hacer nuestra firma, una firma que será personal y
única. Y aunque la realización de la firma acabará siendo automática (de
hecho, en casos de patologías graves la firma es la última expresión gráfica
que se deteriora, precisamente por su automatización) su calidad gráfica
no suele ser distante de la del resto de la escritura. Es decir, No hay una
firma genial y una letra de analfabeto, ni viceversa, puesto que son
producto de un mismo cerebro.

Así pues, el niño irá perfeccionando su escritura al mismo tiempo que siga
creciendo y su cerebro enriqueciéndose tanto por su interacción con su
entorno, como por su actitud positiva en seguir formándose. Por lo tanto,
en el proceso de aprendizaje hay distintas fases: formación de garabatos
inconexos, perfeccionamiento de los mismos, capacidad para construir las
primeras letras, capacidad de darles un sentido, construcción del propio
nombre y apellidos, personalización creciente de la escritura y de la firma.
Así pues, tanto la escritura como la firma van sufriendo una continua
transformación paralela a la que el niño va experimentando en su propia
persona. Nunca hay una evolución positiva en la escritura si no la hay
también en la propia persona. El que haya una especialidad en grafología
infantil (igual que la hay en psicología) indica hasta qué punto esta etapa
es crucial.
Tanto la firma como la escritura anterior a la adolescencia han hecho todo
un recorrido y han sufrido una evolución que ha dado como resultado una
estructura gráfica claramente atribuible a la persona autora. El niño la ha
ido personificando, no necesariamente de manera consciente, sino
porque su personalidad en ciernes se está proyectando de forma cada
más patente. En la escuela ha aprendido a dibujar unas letras matrices, y
para romper este patrón, para personificar lo aprendido, se requiere una
personalidad que quiera hacerlo. Hay casos excepcionales como el de John
Adams, un niño de 9 años que logró pasar el examen de acceso a la
universidad inglesa, y cuya escritura es la de un superdotado, pues tiene
una calidad grafo psicológica inusual en un niño de su edad. Tanto es así
que podría equipararse a la de cualquier adulto con un nivel de cultura
medio.
Con la adolescencia entramos en otra etapa de la evolución de la escritura
manuscrita. Aquí ya hay un bagaje fruto de los años precedentes. Un
bagaje que consiste y se traduce en haber aprendido a escribir todas las
letras del abecedario. Y saber escribir todas las letras del abecedario
significa saber hacer el dibujo de cada una de ellas. Porque cada letra es
un dibujo. Significa también que el adolescente no sólo sabe dibujar cada
letra de su abecedario, sino que también sabe combinarlas para componer
las palabras que den significado a lo quiere expresar. Significa también

que ha personalizado considerablemente su firma. Éste es el bagaje con el
que el adolescente se enfrenta a su nueva etapa. Y le será de
extraordinaria utilidad, porque tendrá que confrontarse con un continuo
de situaciones difíciles, persistentes en el tiempo y muy determinadas por
los cambios hormonales. Necesitará comunicarse continuamente, so pena
de que se agraven sus conflictos. Y su comunicación con el mundo será a
través de canales más o menos privilegiados. Uno de ellos será la
comunicación verbal, tal vez el preferido por la facilidad y velocidad en la
interacción con los demás. Pero estamos hablando de la comunicación
escrita. Al principio de este artículo ya he explicado por qué es tan difícil
de aprender. En el instituto, el adolescente se verá obligado a presentar
continuamente trabajos escritos. En definitiva, la escritura es la prueba del
algodón de la verdadera formación, no únicamente la reglada, la
académica, sino también (por supuesto) la autodidacta. Aquí también hay
casos excepcionales, como el del poeta francés Arthur Rimbaud, que
anticipó el surrealismo, cuya escritura manuscrita a sus quince años tiene
ya una calidad gráfica que la mayoría de adultos nunca alcanzará.
Todo el mundo sabe hablar, pero no todo el mundo sabe escribir. Es más,
podemos encontrar personas con una elevada inteligencia verbal, y nula
aptitud para expresarse por escrito. En la escritura manuscrita, y subrayo
lo de “manuscrita”, es donde encontramos más verdad, puesto que un
texto impreso no nos da la total certeza de que sea del autor que lo firma.
El manuscrito sí nos la da, y más si se ha realizado de manera presencial.
Por eso los exámenes presenciales y manuscritos son del todo fiables. Ése
es uno de los valores de la escritura manuscrita. En definitiva, el
adolescente superará esa etapa de su vida comunicándose verbalmente,
por escrito, no verbalmente, o incluso no comunicándose en absoluto
(que también es otra forma de comunicar, puesto que en realidad no
podemos dejar de hacerlo).
Dicho sea de paso, antes se consideraba que alrededor de los veinte y
pocos años la persona ya había superado su adolescencia, pero en estos
nuevos tiempos ya no es así, y ahora uno puede ser adolescente hasta la
treintena. Por supuesto, no hablo de los casos patológicos, donde la
personalidad adolescente se prolonga hasta edades a las que la mayoría

ya ha establecido un nuevo sistema familiar, o se ha emancipado de los
padres.
Y llegamos a la edad adulta. Aquí la persona ha alcanzado la máxima
madurez de su escritura manuscrita y su firma, la estructura de mayor
calidad gráfica que su cerebro ha sido capaz de dar. Esta será la escritura
que se mantendrá a lo largo de su vida, a no ser que sufra toda una serie
de vaivenes capaces de transformarla. Pero deben ser circunstancias de
suma gravedad, y persistentes en el tiempo, como por ejemplo (y en
negativo) una patología grave. Si ha habido un gran sufrimiento que nos
ha afectado profundamente, eso se proyectará en nuestra escritura
manuscrita, que no deja de ser una radiografía de nuestro psiquismo, de
nuestra personalidad. También (y en positivo) la persona puede haber
decidido un cambio fundamental en su vida como, pongamos por caso,
alguien que tiene los estudios básicos y a los treinta, cuarenta o cincuenta
años decide acceder a una formación universitaria con todo su empeño.
Recuerdo que, cuando me estaba formando en psicología de la escritura,
en grafología, estudiamos el caso de un famoso personaje (en realidad
fabricado por el franquismo): Eleuterio Sánchez “El Lute”. Cuando fue
detenido y encarcelado, su escritura manuscrita era muy deficiente y
propia de un iletrado. Pero durante su prisión, apoyado por personas
como Tierno Galván y otras vinculadas al proceso de la transición
democrática española, “El Lute” consiguió licenciarse en derecho, y su
escritura manuscrita cambió radicalmente en consecuencia, hasta tal
punto que no tenía nada que envidiar a la de cualquier otro universitario.
Su letra cambió porque su cerebro también cambió, y lo hizo porque se
alimentó de múltiples lecturas, estudios, textos y exámenes que fue
superando, y por supuesto, también del afecto, la estima y la comprensión
que fue encontrando en su largo encarcelamiento. Su escritura cambió
porque quien gobierna nuestra mano es nuestro cerebro, y en su caso
había pasado a ser otro. Nuestra escritura manuscrita siempre puede
cambiar si nosotros también lo hacemos.
Así pues, en la edad adulta es cuando tenemos una escritura y una firma
que se mantendrán estables (salvo cambios vitales de gran relevancia) a lo
largo de los años. Tanto es así que, por ejemplo, en ocasiones ha sido la

única prueba pericial válida para imputar a ex nazis que se habían
escondido en distintos países. Es el caso de Brasil, donde se refugió el
famoso médico nazi Josef Mengele, más conocido como el “ángel de la
muerte”, quien se había sometido a una total transformación de su
persona para no ser reconocido: se había transformado en un ciudadano
ejemplar, se había hecho la cirugía estética, etc. Pero su escritura y su
firma eran las mismas. Aunque el nombre escrito fuera otro, los trazos
gráficos, todos los parámetros de la escritura, eran los mismos. Y puesto
que sus buscadores tenían los carnets y documentos originales firmados
por él, se hicieron peritaciones caligráficas para confrontar si las letras o
las firmas eran las mismas, aun después de ¡cuarenta años! Las pruebas
periciales aportadas por peritos brasileños, estadounidenses y alemanes
no dejaban lugar a dudas: se trataba de la misma persona. Este es sólo
uno de tantos casos concretos y que han llegado a los juzgados. Esa es una
de las múltiples posibilidades que aporta el análisis de la escritura
manuscrita y de la firma. En el caso de esta última, su carga simbólica es
extraordinaria, tanto que toda la tecnificación actual sigue sin poder
sustituirla. Nuestra firma, aquella que aprendimos a hacer con muy pocos
años y que ahora es adulta, sigue siendo imprescindible para los trámites
más fundamentales, como comprar un piso o un coche, casarse,
divorciarse, establecer un contrato laboral, todo tipo de trámites. Así que
aquellos agoreros que decían que la tecnología lo sustituiría todo, con la
firma manuscrita se han equivocado (de momento).
Hasta hace algunas décadas, la escritura ha guardado toda la memoria del
mundo. Su carga simbólica es extraordinaria. No es una temeridad decir
que la escritura manuscrita tiene vida, cosa que no tiene la escritura
procedente de un teclado de ordenador. Y aquí vida significa que la
primera escritura con sentido que realizamos (nuestro propio nombre)
sufrirá toda una serie de transformaciones en paralelo con las
transformaciones personales que experimentemos a lo largo de nuestra
vida. Tanto es así que hay una ley de la pericia caligráfica judicial que dice:
“Si hay dos firmas iguales, una de las dos es falsa”. Ni uno mismo sería
capaz de hacer dos firmas exactamente iguales. A esto me refiero cuando
digo que la escritura tiene vida. Porque escribimos con la mano, pero la
mano la gobierna nuestro sistema nervioso. Y es la riqueza (o pobreza) de

nuestra red neural (y no la mano) la que determina la calidad de nuestra
escritura.