por Rafael Henares
Soy un enamorado de la vida.
No por lo que promete, sino por lo que ya es.
No necesito alterar mis sentidos para sentir: la vida en su forma pura ya lo tiene todo.
Cada amanecer, cada sonido de la naturaleza, cada rostro humano…
me recuerda que estoy participando de un milagro que no necesita efectos especiales.
Sé que es por un tiempo.
Sé que este tránsito llamado “ser humano” es temporal, y por eso mismo, precioso.
Un privilegio compartido con otras especies, en un sistema tan perfecto que solo puede ser entendido poco a poco, con estudio, reflexión y humildad.
No necesito “puertas a otras dimensiones”,
porque ya estoy en una: este planeta azul suspendido en la inmensidad del universo,
girando en una danza matemática exacta, silenciosa, bella.
No tengo que hackear el cuerpo ni la mente.
No hay que distorsionar lo que ya funciona.
El asombro, el amor, el aprendizaje… están en la propia naturaleza del ser.
Por eso no busco alterar mi conciencia.
La conciencia, cuando se nutre con verdad, ya se expande sola.
Y ese viaje es limpio, es profundo, y sobre todo… es real.
Gracias a la vida.
Gracias al universo.
Gracias al aquí y al ahora.
Gracias por dejarme ser parte.