A veces nos encontramos con personas que viven proponiendo caminos que ellos mismos no recorren. Sugieren negocios, aventuras, proyectos… pero rara vez se mojan. Prefieren ser arquitectos de puentes que nunca cruzan.
Curiosamente, cuando la incomodidad asoma —cuando alguien les señala esta costumbre— su respuesta suele ser una frase universal, casi de autoprotección: «Hay que dejar fluir. Lo que tenga que salir, saldrá.»
Pero dejar fluir no es desentenderse, ni sembrar sin intención de cosechar.
Dejar fluir no es andar removiendo ríos ajenos para luego observar desde la orilla.
- Dejar fluir es acompañar el proceso con honestidad.
- Es saber cuándo proponer, cuándo actuar y cuándo hacerse a un lado sin empujar a nadie.
- Es comprometerse con lo que uno impulsa y no disfrazar la falta de acción con frases de calendario.
Proponer sin implicarse, insistir sin asumir, puede llegar a ser molesto, incluso desgastante para los demás. Porque cuando alguien planta la semilla de una idea, genera expectativas. Y cuando esa idea no se sostiene, deja más desconcierto que beneficio.
Quizá el aprendizaje aquí sea este:
No es malo proponer. Lo valioso es saber cuándo estamos invitando a construir algo juntos… y cuándo solo estamos lanzando piedras al agua para ver las ondas que provocan.
Y al final, el que realmente fluye, no necesita recordarlo tanto. Simplemente lo vive.