En una gran multinacional, había un CEO llamado Marcos que siempre consultaba sus problemas con su asesor personal, Víctor. No importaba lo complicado que fuera el asunto, Víctor siempre respondía con la misma frase:
—No hay mal que por bien no venga.
Al principio, Marcos lo encontraba interesante. Pero con el tiempo, empezó a cansarse de esa respuesta.
Un día, tras una negociación desastrosa que hizo perder a la empresa millones, el CEO explotó:
—¡Víctor, siempre dices lo mismo! ¿No tienes otra cosa que decir? ¡Estoy harto de escucharte!
—Es mi convicción, señor. —respondió Víctor con calma—. No hay mal que por bien no venga.
—¡Pues vete! Desde hoy, estás suspendido indefinidamente. ¡Fuera de la empresa!
El CEO, convencido de que el asesor ya no le aportaba nada, siguió con sus negocios. Semanas después, recibió la invitación para firmar un acuerdo estratégico con un conglomerado extranjero. Era una operación enorme. Marcos decidió viajar personalmente con su comité de confianza: su CFO, su COO, su director legal y varios altos ejecutivos. Obviamente, Víctor no estaba invitado.
Cuando llegaron a la ciudad para cerrar el acuerdo, todo fue una trampa. Les secuestraron, eliminaron a todo el equipo directivo y obligaron a Marcos a firmar un contrato desastroso para salvar su vida. El CEO regresó a su país humillado, sin equipo, sin trato y con la empresa al borde del colapso.
Días después, recordando al asesor al que había despedido, fue a buscarlo. Lo encontró en su casa, tranquilo, leyendo.
—Víctor, tu maldita frase otra vez me da vueltas en la cabeza…
Explícame qué bien podía venir de todo esto, porque te juro que como no me convenzas esta vez, te arruino la vida.
Víctor le miró con serenidad y le dijo:
—Señor, si no me hubiera despedido, yo habría ido con usted, como siempre. Y como sabe, mataron a todos.
Si usted me hubiera llevado, hoy estaría muerto.
No hay mal que por bien no venga. El CEO quedó en silencio.
A veces, las piezas que más molestan… son las que te salvan la vida.