Existe una pauta que se repite en política con una regularidad incómoda: cuando se normalizan prácticas excepcionales, el deterioro institucional deja de percibirse como una ruptura y pasa a asumirse como “el nuevo estándar”. No hace falta un giro súbito; basta con una secuencia sostenida de decisiones que tensan la convivencia, debilitan contrapesos y convierten la fuerza —o su exhibición— en argumento.
En las últimas semanas, Minnesota (y en particular Minneapolis) se ha convertido en un caso de estudio por el aumento de tensión social ligado a operativos federales de inmigración, protestas y episodios de violencia. La discusión no es solo local: sirve para observar cómo se comporta el poder cuando opera en territorios políticamente adversos y con alto foco mediático.

1) Minnesota no es el destino; es el método
Lo relevante no es “Minnesota” como lugar, sino el patrón que aflora cuando la intervención federal se vuelve visible, intensa y persistente. Informaciones recientes describen protestas frente a un hotel donde se creía que se alojaban agentes federales, con uso de irritantes químicos para dispersar a manifestantes y con críticas públicas por falta de coordinación o información previa a autoridades estatales sobre la intervención federal.
Este tipo de dinámica tiene un efecto político inmediato: erosiona la confianza. Cuando una parte de la ciudadanía percibe arbitrariedad o abuso, reacciona organizándose para documentar, observar y protegerse. Eso no es “activismo” en abstracto; es un síntoma de ruptura del pacto mínimo de legitimidad: la idea de que las reglas se aplican con límites, controles y garantías.
2) El factor Bovino: personalización de la “mano dura” y blindaje narrativo

Otra variable clave en Minneapolis es la figura de Greg Bovino, señalado por diversos medios como un rostro central (y deliberadamente visible) del enfoque más agresivo del dispositivo federal. Informaciones recientes lo sitúan defendiendo actuaciones federales incluso cuando existen versiones y evidencias disputadas, lo que alimenta la percepción de impunidad y de relato oficial impermeable a contradicción.
Cuando la estrategia se personaliza en figuras mediáticas de “mano dura”, el mensaje suele ser doble: hacia dentro, cohesión y disciplina; hacia fuera, intimidación y disuasión. El resultado práctico es el mismo: tensión sostenida.
3) El precedente del Capitolio y la señal política de los indultos
El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 fue, por sí mismo, un punto de inflexión en la percepción internacional sobre la estabilidad democrática estadounidense. Pero lo decisivo para el futuro no es solo el hecho, sino el significado político que se le asigna después.

El 20 de enero de 2025 se emitió una proclamación presidencial de clemencia relacionada con los hechos del 6 de enero, descrita por múltiples fuentes como un indulto/clemencia de gran alcance para aproximadamente 1.500 personas implicadas.
Una medida así no solo resuelve expedientes penales: redefine incentivos. Si el sistema transmite —correcta o incorrectamente— que determinadas conductas “terminan sin coste” cuando pertenecen al propio bloque, se eleva la probabilidad de repetición y se degrada el principio de responsabilidad.
4) El “fraude” sin prueba y las redes de presión contra resultados electorales
Tras las elecciones de 2020, las acusaciones de fraude masivo no prosperaron en sede judicial de forma consistente; lo que sí quedó documentado en el debate público fue la existencia de iniciativas para revertir o cuestionar resultados por vías políticas y procedimentales. En noviembre de 2025, prensa de referencia informó de indultos de carácter amplio (descritos como simbólicos) a aliados y figuras vinculadas a esfuerzos para impugnar o revertir el resultado de 2020.
La clave aquí es institucional: cuando la arquitectura electoral se presenta como inherentemente ilegítima sin pruebas concluyentes, se alimenta una lógica de “todo vale” para ganar —y eso es corrosivo para cualquier democracia liberal.
5) La receta clásica: tensión, impunidad selectiva y “enemigo interno”
Los sistemas políticos que derivan hacia formas iliberales tienden a compartir tres rasgos operativos:
- Tensión permanente (calle y relato): reduce la deliberación racional y aumenta el control por miedo o urgencia.
- Impunidad selectiva (o su percepción): “los míos” protegidos; “los otros” castigados.
- Construcción del enemigo interno: el adversario deja de ser rival y pasa a ser amenaza.
Minnesota, en este marco, funciona como termómetro: protestas, intervención federal, uso de fuerza disuasoria, narrativas enfrentadas y recriminaciones entre autoridades estatales y federales.
6) La advertencia que no caduca
Hay una idea que vuelve una y otra vez en momentos de polarización: la indiferencia ante la vulneración de derechos del otro termina regresando contra uno mismo. Se suele citar en distintas versiones; su formulación más conocida se asocia al pastor Martin Niemöller.
Más allá de la autoría exacta, el punto es operativo: cuando el miedo paraliza a los moderados y la oposición se fragmenta, el espacio para abusos se ensancha.
Conclusión: qué se puede esperar de quienes aplauden y de quienes callan
El debate real no es de simpatías personales ni de etiquetas fáciles. Es de incentivos y de límites. Si se legitima la fuerza como sustituto de la persuasión, si la clemencia se percibe como premio a la deslealtad institucional, y si el adversario político es tratado como objetivo, el sistema entra en una espiral de represalia y degradación.
Minnesota no prueba por sí sola un destino inevitable, pero sí muestra un estilo de gobierno posible: uno donde la tensión es herramienta, la exhibición de poder es mensaje y la convivencia se administra desde el miedo. Cuando esa secuencia se repite, los resultados tienden a converger.