Hay frases que no retratan solo una opinión, sino una forma de entender la política. La reciente intervención de Isabel Díaz Ayuso, animando a mujeres de izquierda a irse “solas y borrachas por Teherán”, no puede despacharse como una simple salida de tono. Fue una frase real, pronunciada en sede parlamentaria, en medio de un debate político de alta tensión.
El problema de fondo no es únicamente la grosería de la expresión. Es algo más serio: la conversión del sufrimiento real de millones de mujeres en un arma retórica de uso partidista. Irán y Afganistán no son escenarios imaginarios ni metáforas inocentes. Son contextos donde organismos internacionales siguen denunciando restricciones severas, represión y violencia estructural contra mujeres y niñas.
Por eso la frase no engrandece a quien la pronuncia. La empequeñece.
Utilizar realidades tan duras para ridiculizar al adversario revela una política cada vez más dependiente del impacto inmediato, del titular agresivo y del gesto humillante. No estamos ante un razonamiento sólido, sino ante un mecanismo de simplificación extrema: si discrepas de mi marco ideológico, entonces te asocio con lo peor; si criticas una posición geopolítica, te coloco simbólicamente del lado de los verdugos. Esa lógica no es inteligencia política. Es propaganda emocional.
Desde un punto de vista psicológico, la comparación merece una lectura muy clara. No es un recurso orientado a persuadir, sino a degradar. No busca esclarecer un debate, sino producir una escena de superioridad moral. El adversario no es tratado como alguien a quien refutar, sino como alguien a quien exponer al ridículo. Ese desplazamiento del argumento al desprecio empobrece el debate público y normaliza una forma de comunicación basada en la caricatura.

Conviene aquí no caer en el error contrario. No se puede diagnosticar a una persona a distancia ni afirmar con seriedad clínica que una frase demuestra “complejos” o un “interior conflictivo” como si eso fuese un hecho probado. Eso sería intelectualmente débil. Pero sí se puede afirmar otra cosa, perfectamente legítima: cuando un dirigente recurre a este tipo de exageraciones, muestra una necesidad de golpear emocionalmente allí donde no está construyendo una argumentación a la misma altura.
Y ese matiz es decisivo.
Porque una cosa es la firmeza política y otra muy distinta la demagogia. La firmeza argumenta, sostiene, diferencia, jerarquiza y convence. La demagogia simplifica, exagera, caricaturiza y agita. La primera fortalece la vida pública. La segunda la degrada.
Lo más inquietante de esta clase de intervenciones no es solo su agresividad, sino lo que revelan sobre el clima político que se va aceptando como normal. Cuando el insulto encubierto pasa por valentía, cuando la humillación se presenta como claridad, y cuando la crueldad verbal se confunde con liderazgo, el problema ya no es una frase concreta. El problema es el modelo de poder que se está premiando.
Si de verdad se quiere defender la dignidad de las mujeres o denunciar la opresión en países como Irán o Afganistán, lo mínimo exigible es no usar ese dolor como atrezo parlamentario. Defender principios no consiste en instrumentalizar tragedias para arañar puntos de partido. Consiste en mantener una mínima altura moral incluso frente al adversario.
La política necesita confrontación, sí. Pero no necesita envilecimiento.
Una democracia madura no se mide solo por las leyes que aprueba, sino también por el lenguaje que tolera. Y cuando una representante pública escoge el desprecio como herramienta, no está elevando el debate: está mostrando el límite de su propia forma de hacer política.