En los últimos meses se ha intensificado el ruido político alrededor de la regularización de extranjeros. No es un debate nuevo, pero sí uno especialmente vulnerable a la manipulación: cuando faltan argumentos, aparecen los eslóganes, los miedos y, en algunos casos, la demagogia abiertamente racista.
Conviene ordenar ideas con calma, porque la cuestión de fondo es sencilla: regularizar es una medida humana, práctica y coherente con una democracia madura. Y, sobre todo, evita escenarios peores que algunos parecen insinuar con ligereza: ¿de verdad alguien cree que una población que ya está aquí “desaparece” por arte de magia si se le niegan papeles? ¿O que la alternativa razonable sería “echarles a la fuerza”? Ese tipo de fantasías solo caben en una visión violenta de la sociedad, ajena a la cultura cívica del pueblo español, aunque haya quien pretenda hablar en su nombre sin consentimiento.
El argumento del “voto” es un señuelo
Uno de los recursos más repetidos es decir que estas medidas se toman “para conseguir más votos”. Es un argumento débil por una razón elemental: la posibilidad de votar no llega de inmediato. Para muchos, pasarán años antes de poder ejercer derechos políticos plenos. Por tanto, usar esa idea como explicación total no es análisis: es propaganda.
Menores: el punto que revela el nivel moral del debate
Hay un hecho que debería bastar para medir la temperatura ética del asunto: miles de menores podrían acceder a una vía de legalización y estabilidad por esta iniciativa. Quien reduce esto a una guerra cultural o a un cálculo partidista está eligiendo una mirada fría sobre realidades humanas concretas: escuela, salud, tutela, protección, futuro.
Trabajo: no “quitan” lo que no se quiere sostener
Otra acusación recurrente es que “los extranjeros quitan puestos de trabajo”. La experiencia reciente muestra algo más incómodo para ciertos discursos: cubren trabajos que una parte importante de la población no quiere ocupar, en condiciones que muchas veces son duras, inestables o socialmente desvalorizadas. Negar esto no es defender a los trabajadores; es ignorar cómo funciona el mercado laboral real.

Y cuando hay integración —con años, esfuerzo y aprendizaje— sucede lo que sucede con cualquiera: quien se prepara y aprende nuevas competencias progresa. Eso no es una amenaza; es precisamente el principio democrático de igualdad de oportunidades.
El patrón del pasado: exclusión y privilegio
La regularización también revela otra fractura: la de quienes necesitan dividir para conservar poder. El mismo patrón aparece una y otra vez: excluir a extranjeros, a mujeres, a personas por orientación sexual, o por cualquier diferencia —física, intelectual o política—. Esa exclusión se disfraza de “orden”, pero suele servir a intereses muy concretos: preservar privilegios en el presente.
Por eso tantos discursos reaccionarios se alinean con otras resistencias: negar el cambio climático, promover la censura, atacar avances sociales o tecnológicos si no benefician a un grupo reducido. Lo que les incomoda no es el “desorden”: es el cambio.
Elegir futuro o retroceso
El mundo es el que es. No vamos a reescribirlo con moralinas ni con discursos inflamados. Pero sí podemos decidir si lo empeoramos con miedo y señalamiento, o si lo mejoramos con medidas que ordenan la realidad y fortalecen la convivencia.
En ese sentido, regularizar no es “abrir puertas sin control”: es poner reglas donde ya hay hechos, reducir la precariedad, mejorar la trazabilidad administrativa y apostar por integración en lugar de marginalidad.

Una comunidad con vocación de mundo
En Evolution Community lo hemos vivido desde el inicio: somos miles de personas de diferentes países. Y aquí en España convivimos y trabajamos con compañeros de más de 20 países del mundo. No es un eslogan: es una práctica diaria. Nos abrazamos para construir juntos un mundo hermanado, porque la convivencia no se proclama: se ejerce.
Rafael Henares
Fundador de Evolution Community